Ordo
El orden obviamente es una abstracción creada por nosotros para referirnos a un cierto estado de las cosas. Una herramienta para describir una cierta existencia que cumple con determinadas características. Pero básicamente el orden es un estado en el cual los intereses de los individuos confluyen naturalmente hacia sus fines previos sin la injerencia o intromisión de otro sujeto o sujetos. En el orden el sujeto actúa, y puedo hacerlo porque nadie evita su actuar, es verdaderamente libre. El orden es como el estado de reposo de la física, una existencia equilibrada donde las acciones confluyen libremente con la menor interferencia posible entre ellas. Allí es donde el ser humano se desarrolla y evoluciona hacia sus fines, siendo imposible realizarse en un estado de desorden...
Y claro, el desorden es el falta del orden, ¡grandísima verdad! En el desorden las acciones de los hombres comienzan a cruzarse en formas no pacíficas, y la confluencia sinfónica de las intenciones comienza su deterioro. Desaparece el libre actuar de los sujetos que ahora se encuentran en nuevo estado totalmente adverso a su fin, debido a los fines e intenciones de otros sujetos que en primer lugar rechazan la existencia de la finalidad del otro, y en segundo lugar establecen la superioridad de la propia y la imponen en base a la fuerza y la coacción. Y volviendo a la física aquí nos encontramos con un auto estrellándose contra una muro, un choque, eso es el desorden, el choque entre los intereses de los individuos, entre quienes aceptan a los otros sujetos y entre quienes no lo hacen. Porque quien impone el desorden a través de sus actos desafiantes y soberbios envía un mensaje claro hacia los demás: falta de respeto. El que quiebra el orden desafía no solo a esa abstracción sino a sus componentes esenciales, los sujetos y sus fines vitales.
¿Quién es el responsable máximo de que los intereses de los sujetos se conjuguen armoniosamente? El estado es el garante supremo del orden, y es él quien debe actuar en ese sentido ante cada ocasión en que le mismo se vea violado por sujetos cuyos intereses sean contrarios al mismo. Esta entidad que creamos hace muchas primaveras en una estado de naturaleza ideal y romántico tiene como función esencial, indelegable, e irrenunciable restablecer el orden cada vez que el mismo se vea interrumpido por sus ciudadanos incivilizados. Se trata de su papel primordial y originario, al cual jamás puede renunciar si no pretende imbuir a sus ciudadanos en un estado aun más anárquico y peligroso. Y es la razón cabal por la cual el estado no puede obviar su rol de garante supremo del orden, ya que la falta de garantía del orden tiene por resultado final y lógico un mayor desorden cuya escala última acabará por ser un desorden absoluto que imbuya a todo tipo de ciudadanos ajenos a la cuestión en una sangría devastadora.
Y esto último que destaco es ciertamente de una gran importancia. Ya que cuando el estado omite sus deberes basándose en que restablecer el orden sería contrario a diversos tipos de derechos (por lo general del tipo "social"), el estado solo crea un nuevo desorden de las cosas que provocará aun mas desorden del que existía previamente. La única solución contra la falta del orden, es la aplicación de la ley y el restablecimiento del mismo. Cualquier otro camino solo acabará por generar mayores problemas cuya resolución aunaran mayores esfuerzos. Ante el desorden solo existe un camino, los demás solo provocarán una aceleración de lo primero. Los políticos son seres cobardes y timoratos, aunque esto sea deseado por prácticamente toda la sociedad.
El orden no solo debe ser restablecido porque es lo justo y necesario para el desenvolvimiento pacífico de los ciudadanos dentro de una sociedad. El orden debe ser afirmado también para negarle a sus detractores la posibilidad de infringirlo, y también para reafirmar su existencia. A su vez debe ser rescatada la función disuasoria de la imposición del orden frente a potenciales perpetradores del desorden y la anarquía. Solo a través de la amenaza de una pena severa se puede contener a las hordas incivilizadas, siempre y cuando esa pena sea cumplida y efectivizada por el estado. Porque sin el temor a cumplir la pena el sujeto no la respeta, y difícilmente entre en su mente la posibilidad de aceptarla como tal si sus premisas son incumplidas abiertamente por la autoridad de aplicación. Afirmar para negar, y reafirmar.
El orden es la piedra basal de la civilización, sin el orden no hay nada. Un país podrá tener los mejores cerebros, la gente más capaz y entrenada, pero sin que ese potencial pueda ser desarrollado en orden y paz, lo potencial se esfumará de la misma forma que el respeto al otro. En un país donde no se reprime la insubordinación al orden todo está en peligro, y son los ciudadanos del estado que supuestamente debe defenderlos quienes sufren esto en carne propia.
Obviamente mi escrito es un pequeño relato de la Argentina actual atacada en todos los frentes por los soldados del desorden. Mas uno nunca acaba de sorprenderse con estos soldados que un día cortan la Panamericana y el otro acampan en la 9 de Julio. ¿Qué es acaso lo que esperan los funcionarios para actuar? ¿Que los ciudadanos toman los problemas en sus propias manos y decidan actuar en consecuencia? Ese día va a llegar finalmente, y los hipócritas gobernantes derramarán lágrimas de falsedad y vergüenza. Harán el papel de desentendidos, y omitirán su propia responsabilidad acusando al primer sujeto al que le puedan imputar su impericia sin mayores dificultades. Sin embargo la realidad es que los perpetradores indirectos serán ellos quienes ante la proclamación del desorden decidieron taparse los ojos, y permitir el irrespeto hacia todos los ciudadanos de bien.
En la armonía del lago pueden los ciudadanos actuar y desenvolverse sin gravedad. En los tornados prima la violencia y el descontrol, estado al cual estamos lamentablemente ya casi acostumbrados, y del cual nos será difícil despertar algún día si es que podemos hacerlo. La confluencia sinfónica de los intereses solo puede ser lograda a través del imperium estatal cuando ciertas personas se alzan desafiantes a su existencia. Está en manos de sus ejecutores hacerlo si no pretenden evitar consecuencias aun peores.





















































